martes, 9 de febrero de 2010

Jánovas no se rinde


Tres pueblos, unas 150 familias. Ataques con explosivos, malos tratos, abusos de poder, exilio forzoso y lágrimas, muchas lágrimas. 50 años después, la lucha de aquellos que lo perdieron todo por recuperar sus vidas. ¿Una guerra? Pues no, un pantano.

Empezamos por el principio: En 1950 -ojalá pudiese comenzar la historia con un “había una vez”, porque los cuentos suelen tener un final feliz, y este relato todavía no- se proyectó una obra mastodóntica en la comarca del Sobrarbe, provincia de Huesca. Un enorme pantano en el río Ara, destinado a producir electricidad, que construiría Iberduero (hoy Iberdrola) y anegaría monte, tierras de labranza y tres poblaciones: Jánovas, Lavelilla y Lacort. Había que proceder a la expulsión forzosa de todos sus habitantes, y así se hizo.

Hubo quien se resignó desde el principio, aceptando la miseria que se les ofrecía a cambio de toda su vida. Otros permanecieron, negándose a arrancar las profundas raíces que los anclaban a esa tierra. En Jánovas, pueblo erigido en símbolo de esta lucha por ser donde mayores abusos se cometieron, quienes no quisieron marchar sufrieron ataques dignos del menos escrupuloso de los ejércitos: los operarios derribaron la puerta de la escuela, sacaron a la maestra arrastrándola de los pelos, y a los niños, a patadas; dinamitaron casas en el pueblo, todavía habitado, sin ninguna medida que protegiese a sus pobladores; destruyeron los campos de labranza que daban de comer a los vecinos; talaron los árboles frutales e inutilizaron las acequias; cortaron el agua y la luz.

Aún así, algunos siguieron resistiendo: el matrimonio formado por Emilio Garcés y Francisca Castillo aguantó hasta ser desahuciado en 1984, cuando ya ni el Estado ni Iberduero parecían tener interés en construir su pantano: a Iberduero no le resultaba rentable, y el Estado no estaba dispuesto a iniciar las obras por su cuenta. Tras años de movilizaciones sociales y acciones judiciales y ecologistas, el proyecto del pantano quedó oficialmente desestimado en 2005. Un pantano fantasma había arrebatado a 150 familias todo lo que era suyo por derecho.

Los antiguos vecinos y sus herederos luchan por que se les devuelva lo que queda de sus hogares y de sus tierras, solicitando una reversión justa. Pero está claro que, en este caso, pedir justicia es pedir demasiado. Los Gobiernos de todo signo se limitan a mirar hacia otro lado. La Confederación Hidrográfica del Ebro, en un derroche de buena voluntad, dice que sí, que por supuesto, que les devuelven lo que quieran; eso sí, a cambio, los vecinos deben reintegrar lo que en su día recibieron -nimia cantidad que tuvieron que emplear en comenzar sus nuevas vidas en otros lugares- con el valor actualizado: 34 veces lo recibido.Los vecinos de Jánovas dejaron hogares, y ahora deben pagar para que se les devuelvan ruinas.

Y pasa el tiempo, y en Lavelilla van cayendo las casas, y los que habitaban Lacort mueren, sin tan siquiera poder ser enterrados en la tierra que les vio nacer. Este relato acaba aquí, pero el cuento continúa, espero que hacia un final feliz. Mientras tanto, seguimos esperando y continúa la lucha. Porque Jánovas no rebla, Jánovas no se rinde.



Yo no tendría más de 8 años la primera vez que me contaron esta historia de piratas; no de esos que surcan los mares en sus navíos, sino de los que desvalijan amparados en el poder, sin importarles las vidas que destruyan en su camino. Porque intentaron acabar con el Ara de mi nombre y de mi familia, porque atacaron y menospreciaron mi tierra y porque a mi padre se le encharcaban los ojos y se le enrrabiaba la voz al hablar, me juré que Jánovas nunca caería en mi olvido, y que sus paisanos -mis paisanos- también contarían con mi voz para gritar un poco más alto y con un poco más de rabia. Jánovas no rebla.




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