Me encantan las noches de viernes.
Por alguna extraña razón, no encuentras a nadie normal, y acabas enredada en las situaciones más bizarras. O a lo mejor somos nosotras, que atraemos al surrealismo. El caso es que acaban siendo las mejores.
Me encantan las noches de viernes y sus planes improvisados, las invitaciones que no esperas y la música improbable -que puede hacer que te escapes de un concierto a la tercera canción o que acabes de cañas con el grupo después-. Las discusiones filosóficas entre tragos, los diálogos de anuncio y los offtherecord. Olvidarte del mundo exterior mientras intentas arreglarlo, y cambiar chupitos por fotos de carnet.
Pero lo mejor que tienen los viernes es la compañía. Al final, es la que hace que todo lo demás salga.
La de viernes que nos quedan, ché.
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