miércoles, 9 de septiembre de 2009

Besos de salsa de tomate

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Cuando digo que cuido a cuatro, todo el mundo se asusta y me mira con compasión: “¿Cuatro?”. Pues sí, cuatro. Y para mí, ya no podría ser de otra manera, porque las cuatro son mis niñas. Son un poco mías, aunque esto sólo sea un trabajo y yo sólo sea su “cuidadora”. A lo mejor porque, en realidad, no sólo es un trabajo. También es volver a creer en los Reyes Magos y en el Ratoncito Pérez, y regresar a la época en que las discusiones más graves surgían a la hora de decidir qué princesa de Disney es la más guapa y ningún enfado duraba más de 5 minutos, porque todos sabemos lo aburrido que es jugar solo y enfurruñado.
Después de seis meses de tardes pintadas con lápices de colores y entretejidas de cuentos de princesas, son un poco mías, y por eso no puedo esconder la cara de tonta cuando aparecen con un folio poblado por sirenas con un "For Elisa" grande en el centro o un retrato en el que yo, con mi habitual coleta y camisa de cuadros azules -la misma que visto ese día-, anuncio con una sonrisa: “Lauralucialeireelisa acomer”, o un imán que es un monstruo verde "pero que se le mueven los ojos y todo, ¿eeeh?". Son un poco mías, y me dan unas ganas terribles de llevar una foto en la cartera para enseñársela con orgullo a todo el mundo a la menor ocasión, como si también fuese algo madre.
Nunca habría pensado que fuese tan divertido jugar en inglés, y hacer como que no ves esos pies que asoman tras las cortinas o debajo de la mesa. Y hacer puzzles y más puzzles porque Leire sólo quiere contigo, y que no cene hasta que tú no te sientes a su lado. Porque la cena es otra aventura en la que los nuggets de pollo desaparecen en las fauces de un pequeño dinosaurio que responde por Lucía, los macarrones se comen de uno en uno y separados por colores y el peluche de “Hello Titty” preside la mesa con absoluta seriedad, pues ya sabe que, si se porta mal, la enviamos castigada a la habitación.
Inevitable darse cuenta de que también son un poco mías cuando anuncio que me voy, y las tres mayores chapurrean mil despedidas en inglés, orgullosas de sus progresos, y se me tiran encima para abrazarme hasta acabar con mi espalda y casi ahogarme. Y que el bicho de la casa, con la lengua de trapo de sus dos años, grite "esooo" mientras salta y me estira del brazo para que me agache y dejarme un beso pegajoso de salsa de tomate en la mejilla, me mire con sus ojazos verdes y pregunte "ñana?". Que sí, que mañana vuelvo, ¿cómo no voy a volver?

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