viernes, 26 de febrero de 2010

martes, 23 de febrero de 2010

Dos

Yo te miro a ti, tú me miras a mí y las risas estallan.
Ni siquiera he tenido que empezar a hablar para que tú sueltes un escandalizado "ElisaAraLarreee??!!" y vuelvan las carcajadas. Por más que los años den para muchos claroscuros, contigo sólo recuerdo risas y más risas. Me has hecho reír desde que me acuerdo. Ahora me toca a mí.




No matter the situation, boy

miércoles, 10 de febrero de 2010

Jánovas no se rinde II


Habanera triste
Mi casa era un barco velero cada vez que Madre hacía la colada,
con velas de sábanas blancas tendidas a los vientos de estas montañas.
Un barco de piedra en el valle, anclado hace siglos a orillas del Ara, frente a la isla de Lavelilla y entre las costas de Fiscal y Boltaña.
Y, aunque han pasado muchos años, no podré olvidar nunca aquella mañana en que descubrí que no sólo en los cuentos siguen existiendo piratas, cuando, al abordaje, tomaron el pueblo y tuvimos que marchar de casa.
Y
al ver las lágrimas de Madre, a pique se me fue, de golpe, la infancia.
Fuegos fatuos entre las ruinas, restos de naufragio en una triste playa... Aún hay noches en que navega por mis pesadillas un buque fantasma y, siempre que surca mi alcoba, despierto empapado en sudor y rabia, pues sé que ha venido a anunciarme que en mi pueblo muerto ha caído otra casa.
Quién me iba a decir a mí, que soñaba con el mar, que en un maldito pantano mi casa iba a naufragar.
A Jánovas digo adiós, a Lavelilla y Lacort, adiós, barquitos hundidos, adiós.
Mi pobre país, adiós.



martes, 9 de febrero de 2010

Jánovas no se rinde


Tres pueblos, unas 150 familias. Ataques con explosivos, malos tratos, abusos de poder, exilio forzoso y lágrimas, muchas lágrimas. 50 años después, la lucha de aquellos que lo perdieron todo por recuperar sus vidas. ¿Una guerra? Pues no, un pantano.

Empezamos por el principio: En 1950 -ojalá pudiese comenzar la historia con un “había una vez”, porque los cuentos suelen tener un final feliz, y este relato todavía no- se proyectó una obra mastodóntica en la comarca del Sobrarbe, provincia de Huesca. Un enorme pantano en el río Ara, destinado a producir electricidad, que construiría Iberduero (hoy Iberdrola) y anegaría monte, tierras de labranza y tres poblaciones: Jánovas, Lavelilla y Lacort. Había que proceder a la expulsión forzosa de todos sus habitantes, y así se hizo.

Hubo quien se resignó desde el principio, aceptando la miseria que se les ofrecía a cambio de toda su vida. Otros permanecieron, negándose a arrancar las profundas raíces que los anclaban a esa tierra. En Jánovas, pueblo erigido en símbolo de esta lucha por ser donde mayores abusos se cometieron, quienes no quisieron marchar sufrieron ataques dignos del menos escrupuloso de los ejércitos: los operarios derribaron la puerta de la escuela, sacaron a la maestra arrastrándola de los pelos, y a los niños, a patadas; dinamitaron casas en el pueblo, todavía habitado, sin ninguna medida que protegiese a sus pobladores; destruyeron los campos de labranza que daban de comer a los vecinos; talaron los árboles frutales e inutilizaron las acequias; cortaron el agua y la luz.

Aún así, algunos siguieron resistiendo: el matrimonio formado por Emilio Garcés y Francisca Castillo aguantó hasta ser desahuciado en 1984, cuando ya ni el Estado ni Iberduero parecían tener interés en construir su pantano: a Iberduero no le resultaba rentable, y el Estado no estaba dispuesto a iniciar las obras por su cuenta. Tras años de movilizaciones sociales y acciones judiciales y ecologistas, el proyecto del pantano quedó oficialmente desestimado en 2005. Un pantano fantasma había arrebatado a 150 familias todo lo que era suyo por derecho.

Los antiguos vecinos y sus herederos luchan por que se les devuelva lo que queda de sus hogares y de sus tierras, solicitando una reversión justa. Pero está claro que, en este caso, pedir justicia es pedir demasiado. Los Gobiernos de todo signo se limitan a mirar hacia otro lado. La Confederación Hidrográfica del Ebro, en un derroche de buena voluntad, dice que sí, que por supuesto, que les devuelven lo que quieran; eso sí, a cambio, los vecinos deben reintegrar lo que en su día recibieron -nimia cantidad que tuvieron que emplear en comenzar sus nuevas vidas en otros lugares- con el valor actualizado: 34 veces lo recibido.Los vecinos de Jánovas dejaron hogares, y ahora deben pagar para que se les devuelvan ruinas.

Y pasa el tiempo, y en Lavelilla van cayendo las casas, y los que habitaban Lacort mueren, sin tan siquiera poder ser enterrados en la tierra que les vio nacer. Este relato acaba aquí, pero el cuento continúa, espero que hacia un final feliz. Mientras tanto, seguimos esperando y continúa la lucha. Porque Jánovas no rebla, Jánovas no se rinde.



Yo no tendría más de 8 años la primera vez que me contaron esta historia de piratas; no de esos que surcan los mares en sus navíos, sino de los que desvalijan amparados en el poder, sin importarles las vidas que destruyan en su camino. Porque intentaron acabar con el Ara de mi nombre y de mi familia, porque atacaron y menospreciaron mi tierra y porque a mi padre se le encharcaban los ojos y se le enrrabiaba la voz al hablar, me juré que Jánovas nunca caería en mi olvido, y que sus paisanos -mis paisanos- también contarían con mi voz para gritar un poco más alto y con un poco más de rabia. Jánovas no rebla.




lunes, 8 de febrero de 2010

Flechazo

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Cuestión de una de esas casualidades en las que no confío, o quizá de un destino como ese en el que no creo. Cuestión de azares, fortunas, suerte o planes maestros. A lo mejor tenía que pasar, o puede que fuese una improvisación, pero alguien nos puso ahí a los dos. Y alguien -el mismo que antes u otro, ¿qué más da?- hizo que nuestras miradas se cruzasen. Y ya nada volvió a ser igual. 
Lo vi a través de la habitación, una habitación llena de gente, de luces, de colores brillantes, pero yo sólo tenía ojos para él. Igual que en las películas, todo a mi alrededor se emborronó. La amiga que me acompañaba comentó algo, pero yo apenas lograba distinguir el sonido de su voz, tan concentrada como estaba en la visión que acababa de aparecer ante mis ojos. La música atronadora que hasta ese momento se clavaba en mis tímpanos, pareció desvanecerse tan súbitamente como si alguien hubiese apagado la radio. Solamente escuchaba el sonido de mis pensamientos. En mi cabeza bullían miles de ideas, sobre las que destacaban dos: tenía que ser mío, pero...¿y si no era el adecuado para mí?
Debía llegar hasta él antes de que alguien se me adelantara, era preciso que nadie se diese cuenta de que estaba allí antes de que yo lo hubiese alcanzado. Necesitaba comprobar que era real y no un simple espejismo, habitual en situaciones estresantes como aquella en la que estaba inmersa; necesitaba saber si era tan perfecto para mí como parecía, si esta vez, por fin, había dado con el adecuado. ¿Cómo podía ser que estuviese ahí, completamente solo? Me preocupaba que fuese engañoso, que hubiese algo que yo no veía y que hacía que nadie más se fijase en él. A lo mejor tenía algún defecto que asustaba a todas las demás, o, quizás, simplemente nadie lo veía con los mismos ojos que yo.
No perdía nada por intentarlo y, si no lo hacía, podría arrepentirme durante mucho tiempo. No recuerdo cómo atravesé la muchedumbre que se interponía entre nosotros para aproximarme a él. Cuando, finalmente, logré acercarme, me quedé parada un instante, sin saber muy bien cómo actuar. Nunca me he considerado una persona impulsiva, pero la situación comenzaba a sobrepasarme. Giré a su alrededor, buscando otros ángulos desde los que poder descubrir cualquier defecto superficial que a primera vista se me hubiese pasado por alto: nada. Sentía que todo el tiempo invertido en la búsqueda había merecido la pena. “Ahora o nunca”, pensé. Un paso al frente y ya estaba a escasos centímetros de él. Parecía encajar perfectamente conmigo, aunque, por supuesto, necesitaba algo más que mirarlo para saber con certeza algo así. Tuve que ponerme de puntillas para alcanzarlo. Mi amiga, que se había acercado por detrás sin que yo me diese cuenta, nos miró y sonrió: “Es perfecto”. - “¿Tú crees, Cris?” - “Desde luego. Vas a estar guapísima con ese vestido, parece hecho para ti”.
Para que luego digan que el amor verdadero no existe...