viernes, 25 de septiembre de 2009

Normal no


Quiero a alguien que me quiera. Supongo que eso es lo básico.
Quiero a alguien que me entienda, aunque no me entienda, aunque no me entienda ni yo. Que recuerde que puedo ser una niña y me tenga paciencia. Que se ría de mí y me haga enfadar, pero luego me borre los enfados a base de besos. Que me abrace por detrás y no me deje seguir andando cuando me alejo. Que sepa llegar con I've just seen a face, con Bon Iver, con Janis, con Sweet Caroline o con Quique, pero que no necesite perrearme una noche de fiesta para demostrarme algo. Que no me llame princesa y se arrodille a pedir mi mano, que no me venda amor eterno manoseado, pero que me haga sentir como si viviera en una nube. Que me haga el amor contra la pared, que me saque la lengua cuando me ponga tonta y me arrastre a la calle cuando tenga un día oscuro. Que juegue a ser un amigo. Que no me pueda quitar las manos de encima, y me rompa algún par de medias que otro. Que me abrace fuerte de vez en cuando. Que no me dé siempre la razón, que me discuta, pero que no pueda caminar a mi lado sin cogerme de la mano. Que aparezca por sorpresa. Que me deje robarle ropa y ponérmela yo, y que me recoja del trabajo cuando no lo espere. Que me enseñe cosas nuevas y no me haga olvidar lo pasado. Que no soporte verme llorar y me haga reír hasta cuando no tenga ganas. Que me cuente historias. Que pueda hablar conmigo durante horas, aunque sea de nada. Que cante conmigo en los viajes en coche, y que cada día tenga un nombre nuevo para mí, aunque sólo pueda entenderlo él. Que me mire y haga que me tiemblen las piernas. Que no se acostumbre a mí, que no me dé por sentada, que juegue a volver a empezar. Que mire a otras, pero me quiera a mí...y, sobre todo, que no tenga que perderme para darse cuenta de que me ha encontrado.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Besos de salsa de tomate

-->
Cuando digo que cuido a cuatro, todo el mundo se asusta y me mira con compasión: “¿Cuatro?”. Pues sí, cuatro. Y para mí, ya no podría ser de otra manera, porque las cuatro son mis niñas. Son un poco mías, aunque esto sólo sea un trabajo y yo sólo sea su “cuidadora”. A lo mejor porque, en realidad, no sólo es un trabajo. También es volver a creer en los Reyes Magos y en el Ratoncito Pérez, y regresar a la época en que las discusiones más graves surgían a la hora de decidir qué princesa de Disney es la más guapa y ningún enfado duraba más de 5 minutos, porque todos sabemos lo aburrido que es jugar solo y enfurruñado.
Después de seis meses de tardes pintadas con lápices de colores y entretejidas de cuentos de princesas, son un poco mías, y por eso no puedo esconder la cara de tonta cuando aparecen con un folio poblado por sirenas con un "For Elisa" grande en el centro o un retrato en el que yo, con mi habitual coleta y camisa de cuadros azules -la misma que visto ese día-, anuncio con una sonrisa: “Lauralucialeireelisa acomer”, o un imán que es un monstruo verde "pero que se le mueven los ojos y todo, ¿eeeh?". Son un poco mías, y me dan unas ganas terribles de llevar una foto en la cartera para enseñársela con orgullo a todo el mundo a la menor ocasión, como si también fuese algo madre.
Nunca habría pensado que fuese tan divertido jugar en inglés, y hacer como que no ves esos pies que asoman tras las cortinas o debajo de la mesa. Y hacer puzzles y más puzzles porque Leire sólo quiere contigo, y que no cene hasta que tú no te sientes a su lado. Porque la cena es otra aventura en la que los nuggets de pollo desaparecen en las fauces de un pequeño dinosaurio que responde por Lucía, los macarrones se comen de uno en uno y separados por colores y el peluche de “Hello Titty” preside la mesa con absoluta seriedad, pues ya sabe que, si se porta mal, la enviamos castigada a la habitación.
Inevitable darse cuenta de que también son un poco mías cuando anuncio que me voy, y las tres mayores chapurrean mil despedidas en inglés, orgullosas de sus progresos, y se me tiran encima para abrazarme hasta acabar con mi espalda y casi ahogarme. Y que el bicho de la casa, con la lengua de trapo de sus dos años, grite "esooo" mientras salta y me estira del brazo para que me agache y dejarme un beso pegajoso de salsa de tomate en la mejilla, me mire con sus ojazos verdes y pregunte "ñana?". Que sí, que mañana vuelvo, ¿cómo no voy a volver?